Vida y muerte

La vida es la muerte cotidiana

Soltar permanentemente. Eso es la vida. Nada permanece, todo cambia. No tiene caso aferrarse a lo estable, porque la vida nos volverá a pedir repetidamente que nos ajustemos, que cambiemos, que soltemos, que dejemos ir.

Las seguridades aparentes sólo son una anestesia: ¿Quién soy si no tengo nada? ¿Quién soy mientras enfrento la tormenta? ¿Qué queda de mí después de la muerte?

El sufrimiento viene cuando nos resistimos al cambio. Y nos resistimos al cambio cuando algún fragmento de nuestra identidad está basado en aquello que hay que soltar, que hay que dejar ir.

La vida es la muerte constante, diaria, cotidiana. Desde el día en que nacimos tenemos firmada nuestra sentencia de muerte, ¿por qué resistirse a ello, si ese es nuestro destino inevitable?

Por ello, la vida tiene cariz cuando penetramos en el Misterio, y eso sólo ocurre en lo insondable del momento presente. En ese misterio, el del momento presente, está toda la vida y la muerte. Ahí está ocurriendo todo el universo entero en toda su magnanimidad y, paradójicamente, no ocurre nada extraordinario.

Hacer presencia, tocar el momento presente con total entrega. Ya lo demás no importa: que pase lo que tenga que pasar, que venga lo que haya de venir. Eso está fuera de la presencia, no es relevante. 

El misterio de la vida está fundado en la paradoja del momento presente: todo sucede en este momento y, al mismo tiempo, nada pasa, sino sólo la vida. Y detrás de ese misterio está el amor que une y da vida a todas las cosas, a todas las personas. 

El misterio del amor, del Ser, de Dios o el Universo esta ahí: detrás de la normalidad de un momento cualquiera en el que me implico de lleno, con entrega total y en consciencia de unidad.

Y entonces, todo está bien.

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